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Agua, poder y narrativa sincronizada se hacen presentes en Baja California

Publicado:marzo 23, 2026
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Agua, poder y narrativa sincronizada se hacen presentes en Baja California. Por lo menos eso evidencian los boletines y mensajes en las producciones informativas de la maquinaria oficial.

En política, hay imágenes que dicen más que los discursos. Y lo ocurrido en la entrega de títulos de asignación de agua en Baja California no fue solo un acto administrativo: fue una escena cuidadosamente alineada. Presidenta, gobernadora y alcaldesa, conectadas en tiempo real, repitiendo una misma idea: el agua como derecho, no como mercancía.

La maquinaria de propaganda con el mensaje es potente. Nadie en su sano juicio podría oponerse a que el acceso al agua sea garantizado como un derecho humano. Es una causa legítima, necesaria y urgente, especialmente en una región como Baja California, donde el estrés hídrico ya no es advertencia, sino realidad cotidiana.

Pero como suele ocurrir, el fondo del asunto no está solo en lo que se dice… sino en lo que no se dice.

Porque mientras el discurso habla de justicia social y sostenibilidad, la pregunta incómoda es otra:
¿Cómo se va a garantizar ese derecho en términos reales?

Otorgar títulos de asignación es un paso técnico importante. Ordena, formaliza, da certeza jurídica. Pero no genera agua. No llena presas. No repara fugas. No resuelve la sobreexplotación de acuíferos ni el crecimiento urbano desordenado. Es, en esencia, una herramienta de gestión… no una solución estructural.

Y ahí es donde la narrativa empieza a pesar más que la infraestructura.

El anuncio incluye un elemento que suena atractivo: los ingresos generados por estas concesiones serán reintegrados a los municipios en forma de obra pública. En papel, suena a círculo virtuoso. En la práctica, abre otra interrogante:
¿habrá transparencia, eficiencia y seguimiento en ese retorno de recursos?

Porque en México, el problema rara vez es la falta de planes. Es la ejecución.

Además, hay un matiz que no debe perderse: hablar de que el agua “deje de verse como mercancía” es una declaración política fuerte. Pero en los hechos, el agua sigue teniendo costos: extracción, tratamiento, distribución, infraestructura. Negar esa realidad no la desaparece. Más bien la traslada, muchas veces, a sistemas ineficientes o subsidiados sin control.

El riesgo de romantizar el acceso al agua es convertir un tema técnico en un eslogan.

Y en ese punto, la “brazada informativa” —esa sincronía entre niveles de gobierno— revela otra capa del fenómeno: la comunicación política como herramienta de validación. No se trata solo de informar, sino de construir una percepción de orden, coordinación y avance.

El problema es cuando la percepción corre más rápido que la realidad.

Porque en las calles, el ciudadano no mide el agua en discursos, sino en presión en la tubería. En días sin servicio. En los altos recibos. En pipas. En fugas que duran días, porque ya ni las reportan los vecinos porque nadie acude. En colonias, donde el acceso sigue siendo intermitente.

Ahí es donde la política hídrica se enfrenta con su prueba más dura: la vida diaria.

Nada de esto invalida la importancia del paso dado. La coordinación entre niveles de gobierno es necesaria. El ordenamiento del recurso también. Pero convertirlo en un “momento histórico” sin que aún se traduzca en resultados tangibles puede ser prematuro.

Porque el agua no se resuelve con anuncios… se resuelve con obras, mantenimiento, inversión y gestión eficiente. El agua puede ser un derecho… pero sin resultados, termina siendo solo discurso.

Y en Baja California, la sed no se calma con palabras.

Entre boletines impecables, producciones espectaculares y titulares grandilocuentes, la política construye una realidad que muchas veces no coincide con la vida diaria. Mientras en el discurso el agua ya es un derecho garantizado, en la calle sigue siendo un problema intermitente. La distancia no es técnica, es de ejecución. Gobernar no es anunciar, es resolver. Y en Baja California, el termómetro no está en la conferencia, sino en la llave. Porque la narrativa puede fluir sin obstáculos… pero el agua, todavía no.

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