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Cinco siglos después y seguimos peleando con fantasmas

Publicado:mayo 7, 2026
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México, hoy más que nunca, tiene una extraña relación con el pasado.

Un país con problemas urgentes en el presente… pero obsesionado políticamente con lo que pasó hace quinientos años.

Mientras el crimen organizado controla territorios, mientras desaparecen personas, mientras la violencia golpea ciudades enteras y mientras millones intentan sobrevivir económicamente, la conversación presidencial vuelve otra vez a Hernán Cortés, la Conquista y los agravios históricos de mil quinientos veintitantos.

Ahora fue un post en X de Claudia Sheinbaum compartiendo un edicto de Carlos I de España de 1548, donde se condenaban abusos cometidos durante la Conquista. El mensaje buscaba reivindicar a los pueblos originarios y reforzar una narrativa histórica que el obradorismo ha convertido en bandera política desde hace años.

El problema no es reconocer los abusos históricos.

Claro que existieron.
Claro que hubo violencia, sometimiento y atrocidades.
Negarlo sería absurdo.

El problema es otro.

Gobernar el presente mirando permanentemente al siglo XVI.

Hay una línea muy delgada entre memoria histórica y utilización política del pasado.

Y México lleva años cruzándola constantemente.

Porque una cosa es enseñar historia.

Y otra convertirla en herramienta ideológica cotidiana para explicar prácticamente todo lo que ocurre hoy.

La narrativa funciona políticamente porque apela a emociones profundas:

identidad,
agravio,
orgullo nacional,
resistencia,
y resentimiento histórico.

Pero también tiene un efecto peligroso:

mantener a la sociedad emocionalmente atrapada en heridas que nunca terminan de cerrar.

Resulta curioso observar cómo el discurso oficial insiste constantemente en la conquista española mientras evita hablar con la misma intensidad sobre:

corrupción contemporánea,
violencia actual,
impunidad moderna,
o redes criminales que operan hoy mismo.

Es más sencillo pelear con fantasmas históricos que resolver tragedias presentes.

Y eso no significa minimizar la historia.

La Conquista cambió radicalmente el destino del continente.
Produjo violencia, mezcla cultural, destrucción y nacimiento de una nueva civilización compleja llamada México.

Pero también ocurrió hace cinco siglos.

Cinco siglos.

Ningún mexicano vivo participó en aquello.
Ningún español actual desembarcó con Cortés.
Ningún indígena contemporáneo estuvo en Tenochtitlán.

Sin embargo, políticamente seguimos hablando como si la guerra continuara.

El problema de gobernar desde el resentimiento histórico es que eventualmente el pasado comienza a consumir el presente.

Y entonces la política deja de construir futuro.

Se dedica únicamente a reinterpretar agravios.

México necesita memoria histórica, sí.

Pero también necesita:

instituciones fuertes,
seguridad,
ciencia,
educación moderna,
inversión,
innovación,
y reconciliación nacional.

No puede vivir permanentemente en estado emocional de conquista inconclusa.

Además, hay una contradicción interesante.

El mismo gobierno que condena constantemente el colonialismo español mantiene relaciones diplomáticas, comerciales y económicas absolutamente normales con España y con empresas españolas.

Porque al final, la política real siempre termina imponiéndose sobre la retórica simbólica.

Lo verdaderamente preocupante no es el tweet.

Es la insistencia.

La necesidad permanente de regresar al pasado para reforzar legitimidad política en el presente.

Y mientras tanto, el México real sigue esperando respuestas sobre:

violencia,
salud,
empleo,
agua,
inseguridad,
desapariciones,
y crecimiento económico.

Quizá el problema no es recordar quinientos años atrás.

Quizá el problema es usar esos quinientos años como distracción emocional permanente.

Porque los pueblos que viven demasiado atrapados en el resentimiento histórico corren un riesgo enorme:

olvidar construir el futuro.

México no necesita olvidar su historia.

Necesita dejar de vivir políticamente secuestrado por ella.

Porque un país no puede avanzar mirando todo el tiempo por el espejo retrovisor.

Y mucho menos cuando el camino enfrente comienza a ponerse peligroso.

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