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En Ensenada hay palmeras que parecen haber encontrado una oportunidad inmobiliaria

Publicado: noviembre 3, 2026
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En Ensenada hay palmeras que parecen haber encontrado una oportunidad inmobiliaria en cualquier resquicio. Junto a un poste, entre la banqueta y el pavimento, al pie de otra palmera crecen dos o tres al mismo tiempo; o en ese pedacito de tierra donde apenas cabría una escoba, aparece una nueva planta.

Nadie tuvo que inaugurarlas. Tampoco necesitó discurso, corte de listón ni fotografía oficial. Una semilla encontró dónde germinar y empezó a crecer.

Las fotografías que acompañan esta reflexión documentan precisamente eso: palmeras jóvenes junto a infraestructura urbana, vegetación apretada entre superficies de concreto y ejemplares de distintos tamaños compartiendo espacios reducidos.

La naturaleza aprovecha las oportunidades. La pregunta es cuánto tiempo dejamos pasar antes de revisar si ese crecimiento es compatible con una ciudad transitable.

Conviene empezar por el origen. Las palmeras de abanico fotografiadas por este medio presentan características compatibles con el género Washingtonia. Una de sus especies más utilizadas como ornamental, Washingtonia robusta, es originaria del noroeste de México. La literatura científica ubica poblaciones naturales en la península de Baja California, particularmente hacia su mitad sur, y en algunos sitios de Sonora. Su presencia regional tiene historia; su aparición junto a un poste requiere otra explicación.

Esa explicación incluye sus frutos y semillas. La Universidad Estatal de Carolina del Norte señala que las aves comen los frutos de Washingtonia robusta y dispersan sus semillas. Por su parte, la Universidad de California en Davis registra que puede establecerse en ambientes urbanos a partir de ejemplares plantados y que el agua también puede transportar sus semillas.

Por eso resulta razonable relacionar algunas de estas apariciones espontáneas con palmeras ornamentales cercanas y con el movimiento de semillas. Lo que no podemos asegurar, solamente viendo las fotografías, es qué ave depositó cada semilla, de qué ejemplar provino o si todas las plantas llegaron de la misma manera.

Los pájaros, por cierto, quedan absueltos de cualquier responsabilidad administrativa. Bastante hacen con sobrevivir como para exigirles que consulten el programa de desarrollo urbano antes de posarse en un cable.

A quienes sí podemos pedirles planeación es a los responsables del espacio público.

Porque una cosa es disfrutar una palmera en un sitio adecuado y otra dejar que cualquier brote se convierta, por simple paso del tiempo, en un ocupante permanente de la banqueta.

El peatón necesita espacio. También quien utiliza silla de ruedas, quien camina con bastón o quien empuja una carriola. Cuando una planta empieza a extender hojas y pecíolos hacia el paso, corresponde revisar su ubicación antes de que el conflicto sea mayor.

Tampoco hace falta inventar daños para justificar esa revisión. Una fotografía de una palmera junto a concreto deteriorado no demuestra que sus raíces hayan causado la fractura. El argumento suficiente está a la vista: hay vegetación creciendo en espacios cuya función principal es permitir el tránsito y alojar infraestructura.

Y el mantenimiento sí importa. La evaluación de la Universidad de California en Davis advierte que las hojas grandes que caen desde palmeras altas pueden provocar lesiones y que sus pecíolos tienen bordes capaces de cortar. También identifica las hojas secas acumuladas como un riesgo de incendio. Son motivos para inspeccionar y atender los ejemplares según su condición.

No podemos hablar de una “plaga de palmeras” porque expresaría hartazgo ante su proliferación desordenada. Y no es así. Pero el diagnóstico que hace falta debe precisar especies, ubicaciones, condiciones y riesgos. Las fotografías aportan evidencia de casos concretos; para conocer la magnitud del fenómeno en toda Ensenada se necesita un inventario.

De ahí tendría que salir un programa sencillo y verificable: conservar los ejemplares adecuados, dar mantenimiento donde corresponda y resolver oportunamente los brotes que aparecen en sitios incompatibles con el uso del espacio público. La poda por sí sola no cambia el lugar donde nació una palmera.

También necesitamos elegir mejor qué plantamos y dónde. Cada jardinera y cada camellón deberían responder a una intención: sombra, paisaje, biodiversidad, seguridad y facilidad de mantenimiento. Dejar crecer lo que cayó primero es una forma muy cómoda de renunciar a esa tarea.

Ensenada merece vegetación cuidada y banquetas utilizables. Merece que el mantenimiento llegue cuando el problema todavía cabe en una pequeña intervención, antes de convertirse en otro expediente que nadie sabe a quién le toca.

Las aves seguirán distribuyendo semillas. Eso forma parte de la naturaleza.

Lo que hace falta es que el Ayuntamiento distribuya responsabilidades, programe el trabajo y dé resultados.
Porque una semilla necesita apenas una grieta para crecer. El abandono necesita que todos sigamos pasando de largo.

Nota al calce: Daniel Quintero Peña encabezó el XVI Ayuntamiento de Ensenada durante el periodo 1998–2001. Como testimonio personal, recuerdo la plantación de palmeras en la entrada a Ensenada y el bulevar Costero durante aquella administración. Queda pendiente corroborar documentalmente las especies utilizadas y su posible relación con los ejemplares que hoy germinan espontáneamente en distintos puntos de la ciudad.

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